cultura

“Torres y los visitantes nocturnos” Por Alejandro Aguado

Habíamos tardado varias horas en recorrer los 20 kilómetros de la huella en ascenso, nevada y fangosa, que conduce hasta el casco de una estancia. Sufrimos varias encajadas en la nieve traicionera. Estábamos en un valle del interior de la Sierra Colorada, junto al lago Ghio, en el noroeste de Santa Cruz. Un lugar solitario y aislado. Arribados al casco, nos refugiamos en la vivienda de dos habitaciones que ocupaba Torres, el empleado. El hombre no estaba, pero el ambiente cálido de la cocina nos reconfortó. En la vieja cocina de hierro aún ardían algunos leños y un gran fuentón de plástico desbordaba de tortas fritas recién hechas. Tiempo después llegó Torres, que se sorprendió de encontrar tanta gente en su cocina, siempre solitaria. Cuando vio el fuentón casi vacío, abrió los ojos como si fueran dos lunas y de inmediato apartó la vista, tratando de disimular el disgusto. Pasados de frío, agotados y con hambre, habíamos saqueado en minutos lo que para él sería la provisión para una semana completa.
Esa noche, ya instalados en la casa principal, algunos nos acercamos al puesto de Torres para conversar. Entre mates y tortas fritas (que había hecho de nuevo) Torres comentó una anécdota, como si se tratara de una más entre otras tantas. Semanas atrás algo había iluminado la casa principal desde el aire: “Estaba preparando la cena y un aparato se puso arriba de la casa principal y la alumbró. Parecía de día. Otro iluminó por acá. Después se fueron contra el cerro y pensaba que esos locos iban a chocar. De golpe se fueron para arriba y se alejaron siguiendo el faldeo de la sierra”. A lo que preguntamos: “¿Y qué piensa qué o quiénes fueron?” “Serían los milicos que andaban jodiendo con helicópteros”, conjeturó buscando una explicación. “¿Y qué hubiese hecho si bajaban?”, “Los invito a tomar mate”, respondió con la lógica hospitalaria del campo patagónico. Como pocos días antes, en los medios de comunicación había circulado la noticia de la supuesta presencia de ovnis por la zona, le comenté: “Dicen que pueden ser naves tripuladas por extraterrestres”. Pero como le parecía imposible que pudieran existir máquinas que viajan por el espacio, le describí los satélites creados por el humano, que giran en torno al planeta o las naves tripuladas que se envían al espacio. Para que no quedaran dudas sobre el aspecto de los supuestos visitantes, le hice un dibujo de cómo se los describe: con cara alargada y romboidal, ojos grandes y boca chica. Se lo pasé. Lo miró con detenimiento, su rostro expresó sorpresa y amenazó: “¡Ah, no, si son así los cago a tiros!!!”
Para hacer más soportable el frío, a la noche dormimos amontonados en una misma habitación, cerca de una estufa a leña, cuya potencia resultaba insuficiente para calentar el ambiente. El aire helado ingresaba por debajo de la puerta, pese a que lo habíamos tapado con diarios y trapos. Afuera bramaba una tormenta de viento blanco.
Al día siguiente visitamos el casco de una estancia que se sitúa en la margen opuesta del lago. Jara, el empleado, nos describió cómo las luces habían pasado por allí luego de visitar a Torres, para luego acoplarse a otra de mayor tamaño. Al igual que con otros tipos de eventos peculiares, lo toman como algo que sucede, aunque no se pueda explicar.
Esa noche, cuando comenzábamos a subir una cuesta, tras contornear la costa circular del lago, una enorme luz comenzó a crecer por donde habíamos pasado Nos pegó el susto de nuestras vidas, pero esa es otra historia.

 

 

Fuente y Ilustración: Alejandro Aguado

Extraído del libro  “Patagonia Tierra Adentro”