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De paseo con Alejandro Aguado en el Puesto Embrujado “El Moyano”

Por Alejandro Aguado

 

La ubicación de este sitio se suele prestar a confusión, ya que en la región central de Patagonia existen dos parajes bautizados con el mismo nombre. Este hecho, en las redes sociales, ocasionó más de una discusión para dilucidad cuál era cuál. Uno, que no está embrujado y era un puesto policial, se sitúa al norte de Santa Cruz, en la ruta que parte de la localidad de Pico Truncado hacia el sur.

El que nos interesa, se sitúa en el suroeste de Chubut, en la zona del paraje La Laurita y es un puesto de estancia. Debe su nombre a un empleado llamado Gregorio Moyano, que lo habitó durante años.

El conjunto de edificaciones que componen El Moyano, resulta muy peculiar. Por su arquitectura, tamaño, cantidad e instalaciones complementarias, pareciera más apropiado para casco de estancia que para un puesto. Pese a ello está deshabitado. Su enclave también llama la atención, por estar situado en un paraje aislado, solitario y con un entorno muy agreste. Tras circular una veintena de kilómetros por una huella de meseta, se desciende por un faldeo gredoso hacia un profundo bajo de suelo despojado, que se estira de sur a norte entre cadenas de cerros de cima chata.

Durante la primera visita, en el trayecto descendente, lo pasamos de largo, aunque íbamos atentos al paisaje. Cuando encarábamos el regreso, decepcionados por no encontrarlo, alcancé a ver las edificaciones, situadas en un rincón al pie de un faldeo. Cuando se habla de un “puesto”, se lo asocia con lo acostumbrado en los campos: una edificación modesta, pequeña, de una o dos habitaciones. Este era todo lo contrario: de material sólido, amplios ventanales, con espacio para cocina y varias habitaciones, con un balcón y escalera. A los lados, algunas instalaciones complementarias y muchos arbustos de gran tamaño.

El “puesto” original, de ladrillos de adobe y en ruinas, se situaba a las espaldas de la edificación mayor. Detrás de las casas, sobre el filo de la meseta, se tendía un gran picadero que se evidenciaba muy “rastrillado” por buscadores de flechas. Solo se encontraban algunas esquirlas y rocas conocidas como núcleos, de las que se servían para tallar las herramientas de piedra. Algo alejados hacia el nacimiento del cañadoncito, afloraban varios manantiales que amagaban formar un modesto arroyito que pronto perdía fuerza y se diluía ahogado en el suelo.

El acceso al agua, la abundancia de grandes arbustos, el reparo ante el viento y una vista desde la que se dominaba la totalidad del bajo (y por ello de los animales que lo transitaban, para cazarlos) resultó un lugar apropiado para la vida de los pueblos indígenas. Se sabe que los lugares que los albergaron, son los más recurrentes en apariciones de seres fantásticos. Existe relación directa entre ambos hechos. Llegamos expectantes ante la posibilidad de ver algo, de presenciar alguna aparición o tener alguna experiencia fuera de lo común. Pero nada sucedió y nos retiramos algo decepcionados ante la fama del lugar.

Antes que tétrico, como correspondería a un sitio embrujado, el paraje me resultó triste por la desolación del entorno. Pese a que muchos testimonian que nada les pasó en ese lugar, también son muchos los que cuentan experiencias que les hicieron no querer regresar. Por ejemplo, se dice que con frecuencia un gaucho fantasmal se acerca al galope, desciende de su caballo y comienza a limpiar las instalaciones. Según parece, se trata de un espectro que gusta del orden y la limpieza. Tal vez por ello, pese al abandono, la casa principal se mantenga en buen estado de conservación.

Otro ser que ronda por el lugar con propósitos poco amigables, es el Viento Vivo. Cuando un grupo de empleados se encontraban preparando un asado dentro de las ruinas del puesto original, tras una intensa jornada de esquila, apareció un pequeño Viento Vivo. Ingresó con violencia por la abertura de la puerta, fue directo al fuego y comenzó a arrojarles brasas ardientes. Mientras se producía un desbande, el asador recitó unas palabras en mapudungun, a la vez que con un cuchillo garabateaba dibujos rituales en el suelo. Resultó efectivo y el ser se alejó de inmediato. Allí quedaron los hombres, sobreponiéndose al susto y las quemaduras.

No estaba en mis planes regresar al Moyano, pero algunos meses después retornamos para filmar parte de un documental. Cerca de comenzar el descenso para acceder al puesto, se notó que el suelo estaba húmedo, por lo cual dejamos los vehículos sobre la meseta. El suelo era de greda y si nos encajábamos con los vehículos, no habría forma de salir. Continuamos a pie e ingresamos por las espaldas del puesto. El frío húmedo penetraba los abrigos y los cerros cercanos estaban blanqueados de nieve. Parte de la filmación se realizó sobre el faldeo, para conseguir imágenes panorámicas. La firmeza del suelo resultaba engañosa y varios terminamos cayendo de espaldas. Al partir, uno de los vehículo de tracción simple se encajó en un huellón lodoso. Durante la segunda visita tampoco vimos nada, aunque nos llevamos de recuerdo la sensación de un frío doloroso y nuestras aventuras con el barro.

Se sabe que, para que algo trascienda y se eleve a categoría de mito o leyenda, necesita el aporte de las artes o las ciencias: una canción, un texto, una filmación que lo registre y lo difunda. Luego, es la gente que lo hace propio y hace que circule a nivel sociedad. En el caso de El Moyano, trascendió la fama local a través de la canción “El Moyano”, del cantautor Lito Gutierrez, de la que también se grabaron varias versiones. Cabe señalar que el tema habla de “el demonio araucano”, aunque la zona estuvo habitada por los pueblos pre tehuelches y tehuelches. La presencia araucana o mapuche en la zona, se remonta recién a principios del siglo XX. El sitio, transformado en leyenda patagónica, también inspiró una puesta escénica que fue presentada en el renombrado festival de Folclore de Cosquín, en la provincia de Córdoba. Entre tanto, el puesto seguirá despertando la imaginación y generando anécdotas.

NOTA: el acceso al lugar no es libre y la tranquera se encuentra con candado. Se ingresa solo con permiso.